
El Impuesto Rosa se comprende como la tendencia a que los productos publicitados específicamente hacia una audiencia femenina tengan un precio considerablemente más elevado al de los productos orientados a una audiencia masculina, el origen del nombre se remonta a que muchos de dichos productos tienen una apariencia de color rosa o son diseñados para contar con una estética “femenina”. Si bien no existe una designación legal oficial para este fenómeno económico, se encuentra presente en todas las esferas de producción en el mercado y su existencia se le atribuye a las diferencias culturales de género y la discriminación basada en el género. Antes de intentar comprender la existencia del Impuesto Rosa, es necesario comprender la naturaleza del capitalismo y el mercado moderno. El Capitalismo opera bajo la lógica del crecimiento económico ilimitado manipulando recursos limitados, así como la maximización y minimización óptima de productos y modos de producción con el fin de asegurar el lucro máximo posible. La naturaleza utilitaria y fría del Capitalismo causa que este sistema y sus integrantes pongan por encima la lógica del mercado sobre los juicios de valor y las cualidades morales de un determinado acto, unido a la naturaleza mercantilizadora del capital que comodifica y comercializa cualquier forma de subjetividad y abstracción cultural y social, entre ellas los prejuicios, estereotipos y las formas de discriminación, siempre y cuando este represente un aumento en la posibilidad de lucro del mercado. Habiendo comprendido esto, es posible realizar un análisis más profundo del Impuesto Rosa: Los productos afectados por esta modalidad de comodificación prejuiciosa no presentan ninguna diferencia o mejoría significativa de ninguna forma, respecto de sus contrapartes “estándares” masculinas o neutras, no cuentan con diferenciaciones notables que justifiquen un alza en el precio de venta y tampoco es los costos de producción. Esto se debe a causa de que el Impuesto Rosa se halla fundamentado en una superstición-comodificación en lugar de consideraciones lógicas o reales, es el ejemplo perfecto de cómo el pragmatismo cuasi-nihilista del Capital le impulsa a comercializar nociones mentales y culturales como la misoginia y el sexismo entre otras cosas.

Históricamente, las mujeres han sido víctimas de la presión aplastante impuesta por los referentes culturales y estéticos respecto de su propio cuerpo y sobre los arquetipos de belleza que deben cumplir para ser observadas favorablemente por el resto de la sociedad, lo cual se traduce en que estas deban realizar una cantidad de esfuerzo mucho mayor y más extenuante para satisfacer las expectativas estéticas establecidas por el aparato sociedad-cultura.
Esta presión estética centrada principalmente en las mujeres conlleva a una dedicación mayor al cuidado del físico mediante pequeños rituales como realizar ajustes en la dieta, practicar ejercicio, y utilizar maquillaje adecuadamente.
La presión crea entonces una demanda en el mercado por determinados productos a la población femenina, una demanda que los órganos de producción están desesperados por satisfacer ya que esto significa un aumento en la rentabilidad, y es en esta demanda de productos que las corporaciones toman la decisión de explotar las inseguridades y concepciones culturales de las personas con él solo fin de aumentar sus riquezas.

Estas corporaciones entienden a la perfección la cantidad de estrés que pueden manejarlas mujeres por no ser lo suficientemente femeninas y atractivas, entre otras cosas. Y es por esto que deciden producir en masa productos estándares con componentes estéticos hiper-feminizados, en aras de atrapar a la demográfica femenina antagonizada y forzada a seguir este arquetipo de feminidad.
Se puede concluir entonces que, el Impuesto Rosa es un símbolo de discriminación en su máxima expresión pues: Ubica las mujeres en una posición de desventaja, aumentando la dificultad de obtener productos básicos mediante un alza artificial e injustificada en los precios.
Este fenómeno también expone la esencia deshumanizante del sistema económico actual, un sistema que desvergonzadamente comercializa y comodifica supersticiones culturales nocivas e injustas que afectan negativamente a los individuos, siempre y cuando pueda maximizar la rentabilidad del sistema.
Un problema que difícilmente está aislado y en cambio, representa uno de los muchos problemas estructurales del sistema neoliberal y acentúa la necesidad de construir un nuevo sistema más humano y justo donde los individuos no sean explotados y las mujeres no sean ubicadas en situaciones de desventaja injustamente.
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