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Victimización y responsabilidad; comparación y repulsión

valeria Cárdenas

Hasta ahora, he vivido en una situación bastante privilegiada. No solo en ámbitos económicos y sociales, sino también como mujer. Afortunadamente, no he tenido que sufrir acoso de ningún tipo —nada más allá que un par de piropos anuales al caminar por la calle con shorts—. Ni he experimentado un menosprecio constante hacia mis opiniones por parte del género masculino —tal vez, he tomado el mansplaining, y otras actitudes de este tipo, como algo que no me sucede por ser mujer, sino por haber dicho alguna estupidez—.


Esta sensación de ser privilegiada, también está acompañada por un rechazo hacia lo que me identifica como mujer: por (mis) gustos “femeninos”, por lo “delicado”, por vestir prendas que usualmente usamos las mujeres, por el mismo movimiento feminista e, incluso, por mi cuerpo. Esta actitud, sin embargo, no era algo que hiciera con la plena conciencia de querer alejarme de las etiquetas que me daba mi género; tampoco puedo decir que lo hacia porque “no quisiera ser mujer”. Simplemente, tal vez, respondía a una especie de vergüenza con la que, probablemente, muchas crecimos, interiorizada desde muy temprana edad. Vergüenza a ser tratada con condescendencia, con inferioridad; a no ser escuchada, a ser maltratada; a ser tomada como menos, solo por ser mujer.


La existencia de este temor y de las actitudes que producía en mí —y de no reconocerme nada de esto, sino de habérmelo explicado con que quería ser más fuerte e independiente— se acrecentó al enterarme de que debían existir espacios exclusivos para mujeres, y que muchas de las personas que me rodeaban poseían un discurso en el cual se menospreciaban a sí mismas a partir de culpar al hombre de su incapacidad de pensar o de actuar. Espacios y discursos en los cuales “los hombres” eran la única causa y los únicos responsables de modificar las condiciones y conductas actuales, para que nosotras ya no nos sintamos víctimas.


Y quisiera hacer la advertencia antes: no estoy desconociendo que aún persiste un tipo de violencia sistemática, y que a diario miles de mujeres son violentadas psicológica o físicamente por individuos pertenecientes al género masculino. Mas eso no es acerca de lo que quiero hablar en este escrito. Sino, como lo indica el título, quisiera hablar de la victimización que acompaña, hoy en día, el discurso de ser mujer y la responsabilidad que debemos asumir desde nuestra condición y desde nuestra misma humanidad.


Y es que la mayoría de mujeres de mi edad con las que hablo, o que conozco, tienen una forma de quejarse absurda acerca del “sistema heteropatriarcal”. Me atrevo a decir que es hasta paranoica la importancia que le dan al hombre en sus vidas. “Él es el culpable histórico y actual de todos mis traumas y males”; “es que los hombres no me dejan hablar, no me dejan pensar, no me dejan expresarme, no me dejan vestirme”. Se ha configurado una inseguridad latente por ser mujer —y entiendo que hay razones que explican porqué sucede esto— que parece que en este punto hay una incapacidad para asumir que, finalmente, hay que actuar como individuos y ser responsables.


Por un lado, retomando la mención de los espacios exclusivos, creo que estos no deberían fomentarse. Porque, a raíz de la necesidad de la creación de un espacio que se titule “la experiencia de ser mujer en _____” (o cualquier título análogo), y que este se “venda” como un lugar en el que “puedes expresar cómo te has sentido siendo mujer sin que nadie —ningún hombre— te juzgue, ni haga ningún comentario que te incomode”, se asume la idea de que se menosprecia y se acentúa la inseguridad de expresar lo que somos y lo que experimentamos día a día. Se genera la creencia, de nuevo, de que la mujer es delicada, que debe ser defendida, que no tiene una voz equivalente a los que son diferentes a ella, que no es valiosa y que su experiencia es marginal y debe ser protegida. Se acentúa la exclusión de la mujer, pues parece que solo le corresponde un espacio con determinadas condiciones para poder decir lo que piensa; y no que puede adueñarse de todos sus espacios cotidianos en la medida en que lo desee y lo necesite.


Y, repito, entiendo que hay situaciones que, por temor, solo pueden ser contadas en lugares donde el individuo se sienta seguro. Mas, aparte de eso, considero que es absurdo generar espacios exclusivos para que las mujeres expresen sus ideas, como si, en últimas, no fueran planteamientos que nacen de la experiencia propia de cada una. De experiencias que están atravesadas por muchos factores, y no solo por el hecho de “ser mujer”.


¿Cuál es el miedo a ser criticadas? ¿No es preciso, más bien, tomar la crítica como una oportunidad para defendernos, para destruir falsas concepciones? No es cuestión de demostrarle al otro que somos fuertes, es ser conscientes, seguras y responsables —ya que las condiciones materiales ahora lo permiten— de que nuestra opinión y nuestra forma de pensar es propia, y no tiene porque estar a la sombra ni a la espera de la aprobación de ningún hombre. En estos últimos años, hemos generado una victimización de la mujer, que se acrecienta con estos espacios “delicados”, “cuidadosos”, “seguros”, casi como si quisiéramos vivir en santuarios intocables, excluirnos de nuevas maneras.


No creo que sea el momento de ser intocables, de seguir asumiéndonos como victimas de un sistema, de definirnos por una historia que no se puede cambiar. No es interesante ya culpar a otros por las incapacidades que creemos experimentar día a día, por no hablar, por no hacer. Pues resulta ya bastante triste la continua necesidad de definirse por todo lo malo y lo carente. Tampoco es cuestión de desconocer lo que ha pasado, lo que se ha luchado y la opresión que se ha sufrido. Pero, a lo mejor, es hora de reconocer el privilegio de ser mujer en esta época, no solo para criticarlo, sino para ser responsables nuevamente de nuestra lucha y no escudar todo lo que nos sucede en el otro. No hay necesidad de avergonzarse más.


 
 
 

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