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Mi vecino el traqueto

Foto del escritor: Laura ArciniegasLaura Arciniegas

La fascinación por lo prohibido, el dinero, los placeres, la sangre, la vida excéntrica, peligrosa y hasta absurda, es una de las características –en cierto sentido, innatas– de nuestra sociedad colombiana. El poder, el sufrimiento ajeno, la venganza, las drogas, y todo un conjunto de narraciones violentas son algo que nos ha definido negativamente en otros países del mundo. Todo lo anterior, es lo que compone lo denominado narco cultura, esa vida “fácil” a la que muchos aspiran, con cantidades de dinero exorbitantes y viviendo dentro de un juego sinfín de policías y ladrones.


Aunque esta obsesión ya es parte de nuestra vida diaria, hay que entender sus orígenes y comprender de dónde viene el querer ser narco; cuál es el origen de esto. Pues bien, según Eduardo Sáenz, en un especial de El Espectador, el narcotráfico empezó en los años 20 con el consumo de marihuana, pero poco después, en los años 80, con el boom de la marihuana y la cocaína, este negocio se configuró –junto con su figura principal, el narco– como lo conocemos hoy en día. Ese personaje, en muchos casos excéntrico, violento; que secuestra y mata, tiene negocios en Estados Unidos y le encanta llenar de coca a los gringos hambrientos por tener sus narices blancas.


'Narcos México 3' es el final que nos merecemos / Foto: Esquire, Netflix


Bajo el nombre de ganaderos, que empezaron a tener mucho dinero, empezó a correr la voz de los negocios turbios que estos señores latifundistas llevaban. Sin embargo, las historias de superación personal, las construcciones y reconstrucciones de barrios, las oportunidades de trabajo, los regalos a cambio de sexo y demás chantajes los llevaron a la “fama”, poniendo de su lado a la ciudadanía entera.


Con estos cuentos de hadas, y todo lo que se vino encima de la violencia, los atentados, y la historia del narcotráfico en general, llegaron las telenovelas, con ganas de querer contar lo incierto y lo demás que hay por saber. Lo malo es que su propósito jamás fue hacer una investigación profunda o un análisis sociológico de los narcos, sino que empezaron –con intención o no– a romantizar esas historias, terminando de maravillar a muchas personas del común.


Producciones como Narcos, Rosario Tijeras, Las Muñecas de la Mafia, El Cartel, Sin senos no hay paraíso, entre otras, retratan falsos ideales de lo que podría llegar a ser la vida de un narcotraficante; con las fiestas divertidas llenas de niñas, trago por doquier y tiros al aire. Alguien se preguntaría cuál es el problema, si son simples novelas, hechas solo para entretener. Y sí, es verdad, las función principal de las telenovelas es entretener. Pero, en cierto punto, también terminan transformando una sociedad y adaptándola a partir de las ideologías emitidas por esta. Sin darnos cuenta, moldean nuestros intereses, la manera cómo nos relacionamos, a qué queremos invertirle tiempo, y nos convierten en un reflejo de todas aquellas acciones que vemos en la televisión. Por eso mismo es que no es descabellado afirmar que influyen en un conjunto social haciendo esa bola de nieve más grande hasta que el país esté infestado con ideas traquetas.


Nosotros estamos tan acostumbrados a la vida desde la violencia y las drogas que es el tema diario para cualquier noticiero del país, y lo mejor de todo, es que no es de nuestro interés y es tan así que no nos cuestionamos y no tiene relevancia el hecho de que el vecino sea narco, que la tienda de ropa o de peluquería sea un lavadero de plata, que los políticos tengan nexos con estos narcos. Estas novelas normalizan un montón de situaciones que atentan contra la ley, pero, sobre todo, contra la integridad de las personas.


Nos gusta el narco, estamos obsesionados con él y con su vida, queremos lo fácil, la venganza y el morbo, nos parece normal que un niño esté hablando sobre sicarios o que la niña quiera ser esposa de un narco por ser linda y joven. Por eso tampoco hemos podido soltar nuestro estigma alrededor del mundo, donde se ven camisetas de Pablo Escobar, o donde les preguntan a colombianos si cargan con coca todo el tiempo.


Para el extranjero, la vida del colombiano gira en torno a las drogas. Sin embargo, eso no es nada de lo que Colombia tiene para ofrecer, llamando esto narco cultura, cuando de cultura no tiene absolutamente nada. Y no estoy diciendo que no se deba estudiar la historia de lo que ha pasado, pero hay que tener un poco de conciencia social para saber que, si uno apoya de un modo u otro a que seamos los proveedores número 1 de la coca, no estamos haciendo nada para cambiar la realidad de nuestro país.


 
 
 

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