El colombiano posee un patriotismo absurdo, que reluce en situaciones en las que la pasión y el “amor” por el país es fácil de demostrar —como, por ejemplo, cuando la Selección juega algún partido—. Estos sentimientos, de orgullo y de simpatía, se quedan en un plano abstracto cuando se trata de realizar algo por el mismo país. Es decir, en el momento en que se nos exige, como ciudadanos, un compromiso y una toma de posición que implique, por un lado, que actuemos y que seamos coherentes y, por otro, que prioricemos los intereses colectivos sobre los propios.
Así, la mezcla entre “patriotismo” y egoísmo solo produce una fachada de unidad para encubrir la disolución, la separación y la exclusión que se da en el país tanto en sectores sociales, como en políticos, económicos y hasta culturales. El “amor” a la patria se olvida cuando se entiende que esta está conformada por el prójimo, y el prójimo por individuos concretos con un nombre y una historia, con la que usualmente es difícil de empatizar dado que es distinta a la propia.
Pero, ¿qué tiene que ver un partido de la Selección Colombia con el patriotismo, la doble moral y la posesión de Petro? Primero, es fácil —como ya dije— aplicar una pasión sana a algo que no nos compete, que no nos mueve realmente y que no implica cierta incomodidad respecto a nuestros ideales y posiciones, lo cual sucede con el deporte. No estoy diciendo que no sea adecuado o importante emocionarse por los logros de nuestros deportistas, o por motivos culturales, sino que es mucho más fácil en estos casos, dado que no hay un compromiso vital ni una exigencia a nivel personal en el hecho de ver un partido o el Tour de Francia, entre otras cosas similares.
Segundo, como ya lo mencioné, el “patriotismo” y el cariño por el país se agota cuando hay algo que no nos gusta. Cuando los ideales no son ya nuestros ideales, sino que son los colectivos o, incluso, los de alguien más con ansias de mejorar o cambiar algo. Por eso, el colombiano deja de aspirar a la unión que tanto promulga y de “amar” a la patria que tanto dice querer cada vez que las circunstancias le exigen ceder ante algo que no le gusta.
Así, para llevarlo a un caso concreto, voy a hablar de la posesión. Desde finales del siglo pasado —e incluso antes—, los presidentes han realizado el acto de posesión para anunciar un nuevo mandato y hacer participes a la gente más importante y relevante para lo que será su gobierno. Estos actos siempre se han caracterizado por ser bastante solemnes, formales y exclusivos y, además de eso, costosos, pues todo es plata. No obstante, parecía que no había porqué tener una postura crítica ante estos. Se tenían normalizados dado que, en forma, siempre eran iguales y, además, quien se posicionaba, también correspondía, en términos generales, a la línea política de “derecha”.
En cambio, ahora que por primera vez se posiciona un presidente que, más allá de ser de “izquierda”, propone un cambio, que no responde a los intereses de las elites de siempre y que, además, representa cierta esperanza respecto al futuro de una nación que, en mi opinión, ha ido de mal en peor, surgió, de repente, la necesidad de cuestionar el presupuesto destinado a la posesión. Y es que el reproche no tiene mucho sentido porque el costo de la posesión de Petro, de quien hablamos en este caso, obviamente, no es descabellado, no son cifras desorbitantes en comparación con lo que otros expresidentes han utilizado para sus ceremonias mediáticas y protocolares.

Ceremonia de investidura de Gustavo Petro como presidente de Colombia / Foto: EFE
De hecho, valdría la pena cuestionarse, más bien, si se deberia entrar en un periodo en el que el presupuesto nacional solo pudiera ser utilizado para “lo necesario”. Sin embargo, habría que debatir qué significa, realmente, “necesario” ¿No sería, por ejemplo, un acto de posesión en el que el pueblo participara y en el que no se excluyera a nadie ni por clase social, ni por ideología, ni por posición política algo “necesario” —dado que, hasta ahora, ha existido una segregación del otro que es diferente a mí—? O, entonces, ¿habría que más bien eliminar todo lo mediático, todo lo cultural, todo lo intelectual para solucionar primero los problemas que se tienen aún en Colombia en términos de procurar el sustento de lo básico vital para todos los ciudadanos del país?
Estas cuestiones implican un debate mucho más largo, politico e, incluso, filosófico. Empero, regresando al punto, lo que creo es que, nuevamente, las criticas que se tienen respecto a el acto de posesión de Petro y, en general, a su elección, surgen de una actitud doble moralista, en la que el colombiano “amante” de su patria, que trabaja 48 horas por su nación, el colombiano de bien, se le olvida que este amor necesita de compromiso, de trabajo y de aceptar cambios que, aunque no le beneficien de manera inmediata, pueden ser adecuados para el “bien común” en un futuro cercano.
¿Por qué cuestionar hasta ahora, con tanta insistencia, el uso del presupuesto nacional para un acto de posesión? ¿No se debió haber hecho desde antes? ¿No es más coherente, entonces, exigir simplemente, que no se realicen este tipo de actos? La verdad, las respuestas son múltiples, y puede que todas estén sustentadas con argumentos válidos, pero criticar solamente no sirve de nada, si no se comienza por la autocrítica y el pensarse la doble moral como un arma que perjudica el crecimiento posible de la nación. Y el patriotismo como una herramienta absurda si no se tiene en cuenta para situaciones más “trascendentales” que un partido de fútbol.
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