
Imágenes: David Shrigley
¿Es cierto que el lenguaje, la forma en cómo utilizamos las palabras, configura la realidad? ¿O es, más bien, un mito merecedor de burla aquel que origina frases como: las palabras tienen poder? Aunque el mundo, los entramados sociales, las instituciones, los afectos y los sentimientos van más allá del discurso y lo lingüístico, es discutible pensar que estos últimos no hacen parte de la percepción que tenemos, precisamente, de nuestro planeta, de lo que nos rodea y de lo que, como seres humanos, hemos creado y construido.
Si lo duda, considere lo complicado que resulta asimilar cambios en el lenguaje entre países de habla hispana. Un ejemplo muy frecuente: que chaqueta, acá en Colombia, designe un tipo de abrigo y en México sea, más comúnmente, hacerse la paja. O, simplemente, haga el siguiente ejercicio: piense en palabras como “asesino”, “imbécil”, “descerebrado”, “animal”, “hijueputa”, “cerdo”, entre otros varios insultos que se utilizan comúnmente en redes sociales y en conversaciones cotidianas. Ahora, aplíquelas a una persona concreta, no como adjetivos sino como sustantivos, es decir, refiriendo al sujeto con esta palabra —como si fuera su nombre o su apodo—, pregúntese si puede seguir concibiéndolo como un ser humano o si, al llamarlo así, siente que este ya no continúa siendo el sujeto inicial.
Lo que sucede es que, al designar una persona de esta manera, no se está haciendo una caracterización de la misma, sino que se está reduciendo su existencia a lo que significa ese término. El individuo deja de ser concebido, por lo menos al nivel del entendimiento, como un humano o como un sujeto. Es plausible sostener que los pensamientos del ser humano se configuran con el lenguaje; pues este es ya tan poderoso —ya que lleva siglos en perfeccionamiento— que llega a modificar concepciones y patrones mentales. En este caso, el lenguaje hace posible concebir a un sujeto humano como un objeto o algo que ya no es, realmente, un humano. Al nombrar a alguien con los términos mencionados en el ejercicio del párrafo anterior se da una especie de deshumanización, se le condena a no ser participe ya de las condiciones de dignidad y de respeto que tanto reclamamos que deben ser tenidas para con el otro.
Así, se descubre un tipo de violencia en el cual todos —al menos como parte de la sociedad colombiana— hemos caído alguna vez. Formas discursivas y de expresión que están tan arraigadas en nuestros círculos, que no nos damos cuenta de lo perjudiciales que resultan para el otro; de cómo, a través de nuestro uso del lenguaje, hacemos invisibles condiciones, realidades, características y contextos tanto de particulares como de colectivos enteros. Basta con entrar cualquier día a las redes sociales y ver la violencia semántica, por ejemplo, de los tuits; es suficiente con prender el televisor y observar en las noticias alguna riña o algún enfrentamiento político. Nos cuesta llamar las cosas por su nombre, y ese mismo fenómeno, nos cuesta relaciones interpersonales fundamentadas en el respeto y reconocimiento del otro como un igual, nos cuesta la posibilidad de construir adecuadamente una sociedad en la que todos sean —seamos— personas, seres humanos.
En el marco de las elecciones fue evidente, nuevamente, como este tipo de violencia lingüística se sigue ejerciendo en todos los ámbitos de nuestra cotidianidad. Sin importar la posición política, el nivel de educación, la edad o el género de los votantes era posible leer y escuchar el uso de términos como: “malparido”, “sinvergüenza”, “lambón acomodado”, “hampón”, “bobo hijueputa”, “vago”, “descerebrado”, “incapaz” para referirse a los candidatos o a personas con posiciones políticas distintas. Todo esto mientras se exigía más respeto hacia la posición propia y hacia el que pensara igual a mi.
Este tipo de términos —que están ya arraigados en nuestra cultura como ofensivos— abundan también a la hora de condenar a cualquier persona que cometa un acto reprochable para nuestra sociedad. Me gusta traer a colación el caso de Rafael Uribe —ya que sé que es polémico— en el que todos nos creímos en el derecho de opinar respecto de sus actos y condición, refiriéndonos a él con palabras que despectivas, pordebajeando su humanidad y su derecho a recibir el respectivo trato que legalmente se merece como ser humano, aun cuando haya cometido los actos que ya conocemos.
En adición, los utilizamos en nuestras relaciones más cercanas. No nos resulta difícil calificar al otro de “imbécil”, de “estúpido”, de “perro”, de “bestia”. Hemos interiorizado tanto estas formas de relacionarnos con lo otro, con lo diferente, con lo que “no nos parece”, que el simple hecho de cuestionarnos respecto de estas actos lingüísticos es complicado, puesto que está ya normalizado desconocer el nombre del otro en el habla. Ojo, no quiero decir que lo violenta que es nuestra sociedad —y lo acostumbrados que estamos a esto— se pueda eliminar con el uso de un lenguaje más empático y, si se quiere, "objetivo", pero el tomar conciencia del simple hecho de que el otro es una “persona”, un “ser humano”, alguien igual a mí, sin importar que haga, de dónde venga o bajo cuales circunstancias se presente, es un paso crucial para entender que no somos “idiotas”, “números”, “asesinos”, “asesinados”, “victimarios”, “victimas”, “animales”, sino que somos personas con sentimientos, con historia y con razones.
Así, si queremos aspirar a que, algún día, haya un respeto generalizado por el otro, por sus condiciones y sus vivencias, no hay que quedarse con los brazos cruzados, creyendo que el cambio solo le corresponde a quienes elijamos en las urnas, a quienes ocupen cargos políticos específicos, a los llamados lideres. Más bien, hay que ser conscientes de que la violencia va más allá de un tiro, de una puñalada, de actos físicos concretos. Esta se ejerce a diario, de muchas formas y de parte de cada uno de nosotros. Es pertinente, entonces, aprehender el nombre propio del otro, de la otra persona, del otro ser humano. Visibilizarnos a todos como sujetos con derechos, que construimos un colectivo. Sí, hay muchas más cosas por cambiar, que están también en nuestro control —y otras muchas fuera de nuestro alcance—, pero, si exigimos respeto para nuestros iguales y para los que no son tan semejantes a nosotros, no podemos hacerlo desde un discurso en el que se desdibuja la condición de ser humano del otro.
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